16 de abril de 2025
La historia del pueblo fantasma argentino donde vive una sola persona y mantiene abierta una pulpería
En el sur bonaerense, Pedro Meier mantiene vivo un paraje olvidado que atrae a turistas y curiosos desde distintos puntos del país
Las familias migraron y el pueblo fue desvaneciéndose hasta quedar con un único habitante: Pedro Meier, de 67 años, quien decidió no irse y mantenerse como el custodio silencioso de un mundo que ya no existe.
AllÃ, donde antes se organizaban bailes, partidos y obras de teatro, hoy solo persiste la quietud del campo y el eco de los pasos sobre el piso de tierra.“Hace 61 años que vivo acá. Vine a los siete, mi padre compró un campo y un almacén y bueno, de ese tiempo estoy acáâ€, explicó Mier a Infobae“Alquilé unos campos, hace ya más de 30 años, cerca del pueblo, a unos 25 kilómetros, y antes de trabajar, me quedo allà haciendo chacras y luego voy a la pulperÃa, donde me quedo durante varias horas, esa es mi vidaâ€, agregó.“Yo atiendo a las 18 de la tarde, abro el boliche y viene gente, que viven en otros pueblos. Se quedan hasta la noche, no sé, por ahà a las diez u once de la noche. Siempre cae alguno. También pasan turistas. Y esas personas se enteran de este lugar y quieren saber un poquito másâ€, explicó.
A pesar de la falta de electricidad, caminos asfaltados y señal telefónica, el lugar abre todos los dÃas al atardecer y permanece operativo como si aún existiera una comunidad que lo demandara.La vida en Quiñihual exige un tipo de fortaleza que no se mide con relojes ni métricas urbanas. Pedro crÃa vacas, cerdos y animales de granja. “Antes se trabajaba muchÃsimo más. Porque siempre se asomaban gente. El progreso de los tractores, herramientas más grandes, se cortaron la circulación de los trenes y eso provocó se cierre absolutamente todoâ€, contó Infobae.
Este hombre produce su propio pan y hace su propio salame. Recorre más de 50 kilómetros de ripio para abastecerse. Cuida su quinta y, sobre todo, cuida la historia del lugar.De hecho, en los últimos años, el fenómeno del turismo rural ha reactivado el interés por estos espacios olvidados. A quienes llegan, los atrae no solo la nostalgia, sino también la posibilidad de vincularse con la identidad rural, la naturaleza y una experiencia cultural única.
Pero todos convergen en un punto: la pulperÃa de Pedro. Al cruzar la puerta de entrada, el tiempo parece plegarse. Las fotos antiguas, los trofeos del club desaparecido, las camisetas colgadas, la estafeta postal, la caja fuerte que alguna vez guardó grandes sumas de dinero: todo sigue ahÃ.Lo que en su momento fue un epicentro comercial, hoy es una reliquia viva que aún se sostiene por el compromiso inquebrantable de un solo hombre. “Ya me acostumbre a esta vidaâ€, explicó Mier a Infobae.El nombre del paraje rinde homenaje a un cacique indÃgena que resistió, sin rendirse, durante la Conquista del Desierto. Quiñihual fue acorralado por el ejército de Roca en 1879 y eligió morir antes que abandonar su tierra. Esa historia de lucha y arraigo parece repetirse, casi un siglo y medio después, en la figura de Meier, quien defiende su modo de vida con las armas pacÃficas del trabajo, la constancia y la memoria.Al caer la noche, cuando las sierras ocultan el último destello y el campo se sumerge en el silencio, la luz del generador vuelve a prenderse.
