26 de marzo de 2025
Niní Marshall, Antonio Gasalla y las semejanzas: dos genios del humor que compartieron desde el talento hasta el día de muerte
La creadora de Catita y quien personificó a Soledad Dolores Solari murieron el mismo día con diferencia de 29 años: ambos fallecieron un 18 de marzo. Las similitudes en la forma en que “armaron” sus inolvidables personajes
Gasalla contó alguna vez que en sus dÃas de infancia y adolescencia, solÃa pasar sus tardes en el cine de Ramos MejÃa, donde habÃa nacido, que daba tres pelÃculas cada dÃa; él iba tres veces por semana, de modo que aquel chico veÃa un promedio de nueve pelÃculas cada siete dÃas. Cuando ingresó, a inicios de los años 60, a la Escuela Nacional de Arte Dramático, tuvo a grandes maestros como MarÃa Rosa Gallo, Carlos Gorostiza, Saulo Benavente, Luis Diego Pedreira, que lo formaron como actor y como artista. Detrás de todo su histrionismo, Antonio era un hombre de una honda cultura y un fervor muy particular por su profesión.
Ninà fue autodidacta. Se habÃa iniciado en 1930 como redactora de la revista “SintonÃaâ€, luego fue cancionista frente a los micrófonos de la entonces exitosa radio. Un detalle: “Catitaâ€, su personaje, también cantaba, y muy mal. La voz de Marshall calaba a gusto y piacere en la garganta de su personaje. Y para cantar mal adrede, hay que cantar muy bien. Con dotes de comediante innatas, formó un dúo cómico con Juan Carlos Thorry y de inmediato saltó al cine de la mano de Manuel Romero para su pelÃcula “Mujeres que trabajanâ€, en la que compartió reparto con Mecha Ortiz, Tito Lusiardo, Pepita Serrador y otras glorias del cine de la época.Cómo fue que dos actores de formación tan diferente coincidieron en una estrategia casi idéntica para hacer humor, es un misterio que ni vale la pena intentar dilucidar, pero que es muy probable que haya tenido origen en el enorme talento de ambos. Los dos hicieron de la observación el principal alimento de su humor. Ninà confesó alguna vez: “Creo mis personajes observando a la gente, prestando atención a los pequeños defectos que pueden causar risa. En general, yo caricaturizo, pero a veces ni me hace falta cargar las tintasâ€. Antonio también miraba mucho y hondo, sostenido por aquellas clases de la Escuela de Arte Dramático, pero él sà que cargaba las tintas. Los dos usaron el grotesco, Gasalla odiarÃa este adjetivo, digamos mejor el extremo, la exuberancia, para crear sus personajes arquetÃpicos e inolvidables.Gasalla fue testigo, y lo recordó siempre que pudo, de una Buenos Aires cultÃsima, abierta al teatro, al cine y a los libros, que en aquellos luminosos años 60 recibÃa al Old Vick, que llegó con Vivien Leigh a hacer tres espectáculos basados en Shakespeare, o que hospedaba a Jean-Louis Barrault, que fue un bombero más la noche de un incendio en el Teatro Nacional Cervantes; una ciudad y una sociedad que veÃan con curiosidad y con ahÃnco las locas experiencias del Instituto Di Tella. Con todo eso terminó en junio de 1966 la dictadura liderada por el general Juan Carlos OnganÃa. Y ni la ciudad, ni la cultura, ni el paÃs volvieron a ser los mismos.
Ninà fue prohibida después de la revolución militar del 4 de junio de 1943 porque, decÃan los flamantes centuriones, que el lenguaje que usaban sus personajes era “una deformación del idiomaâ€. Debió exiliarse en México. Durante el peronismo dejaron de ofrecerle trabajos en radio. Las historias de vida de Ninà y Antonio son tan similares como similares fueron las crisis, en especial las culturales, que vivió el paÃs a lo largo de casi ocho décadas: hoy, según quién la enarbole y cómo, la crisis suele llamarse “batalla culturalâ€, pero nadie parece saber muy bien qué es en realidad la cultura.Cada uno, Ninà y Antonio, que además escribÃan sus propios guiones, crearon personajes inigualables, inimitables, marca registrada de cada uno: “Doña Polaâ€, Cándidaâ€, “Doña Caterina†“Lupeâ€, “Loli†en NinÃ; “La Abuelaâ€, “Floraâ€, la empleada pública, “La Traductora†en lengua de señas, “Inesitaâ€, la apasionada por las operaciones de belleza, “La Gorda†que todo lo preguntaba y se desvivÃa frente a sus entrevistados en Antonio. Los dos, Antonio y NinÃ, eran personas muy serias. No hacÃan humor las veinticuatro horas. Ninà era una mujer franca, amable, abierta, que solÃa decir incluso que era simplemente “una mujer de su casa que se hace la graciosaâ€. Antonio era un hombre grave, adusto, podÃa ser áspero cuando querÃa; sin embargo, una charla con él podÃa deparar, además de un rico aprendizaje, algunos momentos de corrosivo sarcasmo, de divertida ironÃa: igual que con NinÃ. Los dos eran maestros de lo espontáneo.
Hace muchos años, cuarenta y nueve para ser precisos, tuve el placer de entregar a Ninà Marshall el MartÃn Fierro por su trayectoria. Yo era entonces el socio más joven de APTRA y la entidad creyó original poner ese honor en mis manos. La ceremonia estaba programada para aquellos dÃas finales de marzo en el “Pigalle†de Recoleta. Pero llegó el golpe militar, fue decretado el estado de sitio y la ceremonia tambaleó. No sé cómo, APTRA logró autorización para que el acto se hiciera con periodistas, premiados e invitados especiales. Nadie más. Y allà fuimos, todos custodiados por soldados armados en la calle y dentro del local. Con la estatuilla en sus manos, en aquel ambiente sombrÃo y agrio, Ninà se adelantó al micrófono de pie, puso el pie derecho por delante del izquierdo, se inclinó con levedad y, con la voz de “Catita†dijo: “¡Chas gracias…! ¡Yo ya creà que me lo iban a dar pos morrrrtem…!â€
