19 de agosto de 2025
Roberto Sánchez, el hombre detrás del mito de Sandro: sus amores y la vida cotidiana dentro del búnker de Banfield
El ícono musical nació el 19 de agosto de 1945. Hoy hubiera cumplido 80 años. Para resguardar su privacidad de la fama se mudó a una casona de Lomas de Zamora detrás de cuyos muros se despojaba del personaje
Enseguida llegaron los programas de televisión, las pelÃculas y las giras por toda América. Y, por entonces, los managers creÃan que el éxito de sus artistas dependÃa de que se mostrasen siempre tan distantes como accesibles. A diferencia de los tiempos que corren, en los que los Ãdolos muestran sus vidas como un reality show en las redes sociales, en aquel momento se pensaba que una estrella de la talla de Sandro tenÃa que mantener siempre un halo de misterio. Y que, a la vez, tenÃa que mostrarse solo, como para que sus fanáticas, en este caso las “nenasâ€, no perdieran las esperanzas de poder convertirse en su elegida. Aunque fuera una fantasÃa.
Asà las cosas, Roberto, el hombre, decidió comprar la casona de Lomas de Zamora donde pasó las últimas cuatro décadas de su vida. Y construyó un muro enorme que muy pocas personas lograron traspasar. Es verdad que, con motivo de su aniversario, cada año sus seguidoras se congregaban en la puerta. Y que él, después de saludarlas desde una distancia prudencial, permitÃa que algunas de ellas ingresaran para darle un beso, sacarse una foto o entregarle un regalito. Pero solo llegaban hasta la recepción. Porque, más allá de ese sector, Sandro se desdibujaba por completo.¿Cómo era la vida del cantante dentro de la mansión? Quizá, mucho más simple de la que cualquiera hubiera podido imaginar. Durante muchos años, se ocupó del cuidado de Nina, su madre. A poco de dar a luz a su único hijo, la mujer habÃa sido diagnosticada con una enfermedad inmunológica, que afectó sus huesos y articulaciones y la obligó a vivir postrada mucho tiempo. Y Roberto fue quien se ocupó de contratar a una persona para que la cuidara. Tras la muerte de su padre y de su mánager, Oscar Anderle, sólo lo quedaba ella, que para él era sagrada.De hecho, cuando esta historia salió a la luz mucho tiempo después, todos se asombraron. Se sabÃa de la relación de Sandro con Julia Visciani y con Tita Russ, la ex esposa de Alberto Olmedo. Y se lo habÃa vinculado con grandes figuras como Soledad Silveyra o Susana Giménez, la animadora Vicky Amaya, la fotógrafa Olga Massa, la condesa MarÃa Carmille Borgogne Di Parma o la Miss Argentina Yoli Scurffi, quien dijo ser la destinataria del tema Una muchacha y una guitarra. Pero MarÃa Elena era una mujer como todas. Y, por eso mismo, las nenas también la amaron.
Pero está claro que, en cuestiones del corazón, nunca está dicha la última palabra. Y el mismo dÃa que sus ojos se posaron en Olga Garaventa, Roberto decidió separarse de Fresta. A ella no la habÃa conocido en su casa de Banfield, pero casi. Era la secretaria de Aldo Aresi, su representante. Y llevaba una década cruzándosela en su oficina sin prestarle atención, hasta que un dÃa Cupido hizo su trabajo. Y no pudo dejar de pensar en ella. “Tengo un beso encadenado y la llave de ese beso la tenés vosâ€, le dijo el cantante en plan de seducción. Pero ella, al principio, pensó que se habÃa equivocado de persona. ¿A quién se le podÃa ocurrir que estuviera tratando de cortejarla?Lo cierto es que Olga, como MarÃa Elena, era el tipo de mujer que Sandro definÃa como “posibleâ€. Y era, justamente, el tipo de mujer que a él lo enamoraba. No le resultó fácil convencerla de estar a su lado, porque ella también tenÃa sus reparos. Pero lo logró. Y durante un homenaje que se le realizó en el Congreso en el año 2004, hizo público su amor por Garaventa, con quien se casó legalmente el 13 de abril de 2007, cuando ya habÃa cumplido 61 años.Los últimos años de Roberto fueron muy duros. Estaba muy enfermo y Olga lo sabÃa desde el momento en que aceptó casarse con él. Fue ella la que lo acompañó en esa etapa donde ya no habÃa más escenarios ni fanáticas arrojándole su ropa interior mientras gritaban excitadas. La realidad cotidiana pasaba por los turnos médicos, los estudios y la esperanza de que un trasplante pudiera devolverle, quizá, algo de la calidad de vida que habÃa perdido. Pero esto no pasó.
